El nacimiento de la muerte
Fueron cuarenta y ocho meses desde que tu desfloración retorna, en los frisos de los cuernos de los toros o en las devotas caminatas de los muertos. Me sabes burlado entre tu extensión complaciente, entre tus ropas efímeras que cuelgan de tus vellos. Te ves acostada en mi semestre, con las piernas rodando como un agasajo, ya tú el reloj donde se impacientan los rencores autistas y ciegos, los asesinatos de la mano tácita. De ello no ha quedado nada. Sólo la trama conciente de la necesidad. Por ello mi tacto te filtra antes de llegar a ti, antes de aislar esos sepulcros de carne, para mi diente occiso, para mi anatomía deliberada. No te inoportuna que me acueste a expensas de tu defensiva. Te amontonas en mi cuerpo como una pila de escombros que las sombras dejaron, quizás te rendiste a las ruinas de tal horizonte. Te aparto de mí cuando descubro mi Agosto, mi bragueta sucia, desmintiendo canciones, ansiedades de un holocausto mental. Y te evaporas al instante, y tus ojos pueden aparecer bajo las raíces de un acantilado. Yo no finjo arbitrariedades, yo soy el mayor traidor, más hombre en la defensa que mi espada, ni mayor universo que estar pendiendo del océano. Mis yemas conquistan los ángulos opuestos de tu imagen sórdida, no estás a salvo, mientras te eyaculo una tonelada de despertares, o la orina que me exprimieron los ojos, y esperes que yo mutile las causas, y te disminuya el sujeto, el perímetro de una invisible pirámide. Pero los templos se ahogan de saliva, en tu boca resbalando cuando te engañas, en los ademanes de los velorios o en las oquedades de la risa, o en las zonas agrietadas de los signos; quizás es una felación creada por tu destino, o el bautismo de mi miembro erecto. No es dios quien lo sabe. El camino se separa entre las hojas, en el suelo los restos del aire se congelan. No doy las pistas, lo que he clausurado lo recubres con rush, con el perfume de la dilación enfermiza, en ti las secuencias esperan, ese contrato con la muerte te vuelve informe, intocable, cúspide de un territorio en donde el lenguaje se suspende. Yo he perdido la palabra entre tus muslos azorados, por más que en la punta de los tenedores asome tu nombre y tu corpiño, la diatriba de ignorar quién es el árbitro de la penetración, para comparar los rodeos del sol ante la lluvia, el tosco sacrificio de un silencio que succiona. Pienso en ti como una presentación, aunque esto es dudoso, no menos probable que el tiempo imitando a la aurora. Mi hocico no tiene derrotas, pero sí mi nariz. Tus cabellos harán exacto a Pitágoras. ¿A qué has venido? Pronto tendrás que usar la lengua. Coincido en que te defenderás bien. Tu valor supera a tu honor. No supuras la mirada, acomodas la cama antes de huir, tienes una cita con tus símbolos, no me despides, acaso el principio sea llegar hasta mi sueño y anegarlo. Y así los menguantes oscilen, así los polos me anticipen la dolonía, yo pujo en mi voluntad hasta que mi sangre se coagule con poemas, tú no me perteneces desde mí, pues para que tu antorcha se consumiera debieron rociarla con un aceite que no extrajiste de mi último poro, para entender a Pandora corrieron o forzaron la tapa ambas manos, con todo el poder de un cuerpo, sabiendo que por ese sacrificio ya no habría resurrección.

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