No he hablado en mucho tiempo.
Los silencios profanaron sombras, pero no quietud.
Tú no llamaste a la noche. No abusaste del mar.
Y sin que pidiera socorro, y enemistada con los trucos de la tarde,
has venido, como un camino que busca su cuerpo,
sólo tú entre estas hojas, divorciada de piedad,
y me abriste el cráneo en dos mitades
y en ese regreso no hubo palomas
sino los ojos que tanto tiempo hube guardado.
Esos territorios dormidos, esas ennumeraciones, esa prisa,
para en otras ofrendas verte llegar, y mantenerte intrusa,
indudable en la forja del ahorcado:
"¿con cuántas memorias dormiste esta vez?"
Prescindo de llagarme los ojos, los molinos buscan orígenes que duermen
(aún no los posees en tus escombros).
Has conformado el secreto de arruinarte en belleza,
pero no arrojo nombres en tus zonas,
ni climas de días muertos,
yo, torsos mutilando cenizas, manos que reemplazan diamantes,
órganos que sepultan huesos...
Y desaserme de estas ansias, viable sólo en la muerte,
como un pecado que me tortura de aromas, retina despellejando
cielos, acabando en los muslos del azar,
guardo tu soledad intraducible,
y tu abandono yace como un aparente poema.
¡Quítame las astillas del cráneo, húndelas en mis órbitas,
que tú llamas ojos, y merodeé tu mirada como un orgasmo perdido
en la nada del viento!
Los silencios profanaron sombras, pero no quietud.
Tú no llamaste a la noche. No abusaste del mar.
Y sin que pidiera socorro, y enemistada con los trucos de la tarde,
has venido, como un camino que busca su cuerpo,
sólo tú entre estas hojas, divorciada de piedad,
y me abriste el cráneo en dos mitades
y en ese regreso no hubo palomas
sino los ojos que tanto tiempo hube guardado.
Esos territorios dormidos, esas ennumeraciones, esa prisa,
para en otras ofrendas verte llegar, y mantenerte intrusa,
indudable en la forja del ahorcado:
"¿con cuántas memorias dormiste esta vez?"
Prescindo de llagarme los ojos, los molinos buscan orígenes que duermen
(aún no los posees en tus escombros).
Has conformado el secreto de arruinarte en belleza,
pero no arrojo nombres en tus zonas,
ni climas de días muertos,
yo, torsos mutilando cenizas, manos que reemplazan diamantes,
órganos que sepultan huesos...
Y desaserme de estas ansias, viable sólo en la muerte,
como un pecado que me tortura de aromas, retina despellejando
cielos, acabando en los muslos del azar,
guardo tu soledad intraducible,
y tu abandono yace como un aparente poema.
¡Quítame las astillas del cráneo, húndelas en mis órbitas,
que tú llamas ojos, y merodeé tu mirada como un orgasmo perdido
en la nada del viento!
